En realidad, el atractivo turístico de Jamaica, pieza clave de su economía, se ha desarrollado a partir de la música Reggae y la revolución rastafari.

Algo que es difícil de creer si analizamos bien lo que ocurrió en esta isla caribeña.

El Reggae y la retórica anti-babylon

Desde los barrios marginales de Kingston, Jamaica, la música Reggae ha sido una voz poderosa y esperanzadora ante la desmesurada opresión del sistema. A lo largo de su historia, artistas como Bob Marley, Peter Tosh, Dennis Brown, Jacob Miller o Burning Spear han cantado canciones que denunciaban la desigualdad, hablaban de respeto o proponían el amor verdadero. Ciertamente, este tipo de mensajes surgieron en un paisaje repleto de inestabilidad política, colapso económico y disturbios.

Bien, la cuestión que hoy queremos resolver sería algo así como: ¿cuándo los rastafaris dejaron de luchar contra el poder colonial para convertirse en ese estereotipo de rasta sonriente? Ojo, hay que tener bien claro que hubo una larga temporada en la que los rastafaris fueron el blanco del hostigamiento policial. Sin embargo, ahora hay mucho dinero invertido en su «One Love».

Este famoso eslogan de amor universal ha sido utilizado como una poderosa herramienta de marketing, hasta tal punto que ha conseguido que muchas personas que les gusta esta música desconozcan que el Reggae nació como un sentir arraigado al sufrimiento de los más pobres. Para recordarlo, a continuación, vamos a hacer un pequeño repaso histórico.

El Reggae y la retórica anti-babylon

Las primeras páginas

Desde la década de 1930, los seguidores de la fé rastafari estuvieron en conflicto con la explotación colonialista británica. Es más, en lo que los ingleses llamaron las indias occidentales, los rastas fueron los responsables del primer movimiento de masas que se preocupó por realizarse la pregunta de ‘quién soy yo’. Tradicionalmente, rastafari ha enfatizado su intención de regresar a África, pero el movimiento también ha agitado una serie de reformas socio-políticas en Jamaica. 

A finales de los 50, Jamaica disfrutaba de un nuevo optimismo tras una larga historia de esclavitud, racismo y desigualdad. En esa época, la música popular jamaicana estuvo muy unida al movimiento rastafari. Algo lógico, ya que los propios músicos vivían en las comunidades más pobres de la isla, donde las ideas de este movimiento social enraizaron fácilmente.

Poco después de la independencia, a partir de mediados de los 60, Jamaica comenzó a desmoronarse y llegó una terrible inestabilidad política y económica, junto a un enorme caos social. La isla siguió sufriendo dependencia económica extranjera, aumento del desempleo, escasez de alimentos y, sobre todo, una violencia extrema en las calles. Como suele ocurrir, esta situación beneficio a la élite del país. Se desarrolló una estructura social neocolonial, que estuvo muy comprometida con un programa económico capitalista basado en el bipartidismo que ahogó a su pueblo. Es decir, las clases más adineradas pudieron mantener un nivel de vida muy elevado, mientras que la mayoría de sus compatriotas sobrevivían en lo que claramente se podría denominar una zona de guerra.

La revolución

En ese caldo de cultivo, muchos músicos jamaicanos que militaban en la fé Rastafari canalizaron su desesperación a través de sus composiciones. De alguna forma, se establecieron como una fuerte resistencia. En respuesta al desafío que suponían, las autoridades prohibieron las canciones de Reggae políticamente incorrectas. Nunca sonaron en las ondas de radio. Asimismo, para que entendáis mejor hasta que nivel llegó la persecución, muchos líderes rastafaris fueron encarcelados o deportados.

A partir de los años 70, cuando el Reggae logró la fama internacional, las divisiones entre los rastas comenzaron a aflorar. Por entonces, aparecieron una serie de pseudo-rastafaris que sólo abrazaban el simbolismo y olvidaban la verdadera lucha. De hecho, a partir de ese momento, el gobierno jamaicano comenzó a convertir el Reggae en su principal producto cultural y un importante atractivo turístico. Para ello, siguieron un plan que transformaría la música Reggae y los Rastafaris en la moda cultural que hoy conocemos. Como resultado, Jamaica es un líder de turismo en su zona. Con playas de arena blanca y brillantes aguas cristalinas.

El Reggae y la retórica anti-babylon

El presente

Como recordaréis, recientemente, el ejecutivo jamaicano ha logrado que la música Reggae sea patrimonio de la UNESCO. Algo que a priori parece una noticia muy positiva, ¿verdad? Sin embargo, hay que tener muy presente que en los últimos meses se ha ordenado a las fuerzas de seguridad que hagan uso de la ley de reducción de ruido. Esta normativa está apagando la magia de la cultura Sound System, como os contamos en un artículo llamado «El formato Sound System en peligro».

No olvidéis que, desde el nacimiento de lo que conocemos como música popular jamaicana, los Sound Systems han sido fundamentales en todo lo referente a la difusión de esta cultura. Vaya, que el gobierno jamaicano continua intentando silenciar todo lo que suena a revolución, por mucho rasta sonriente que nos cuelen. En definitiva, el movimiento rastafari ya no se considera una amenaza.

Por último, después de llevar tantos años trabajando en esa misma dirección, si se puede decir que, de alguna forma, el poder ha conseguido descafeinar el mensaje original de la música Reggae. Pero entonces, ¿cuándo dejaron de ser originales las vibez que nos transmite esta música? Muchos críticos coinciden que eso ocurrió allá por los años setenta… aunque quizá eso no sea para nada justo. Más allá de esa época, sin duda, siguieron brotando muchísimas más canciones cantadas desde el corazón. Hablamos de esas melodías que levantan nuestros ánimos revolucionarios con tan sólo escuchar los primeros acordes.